22 abr. 2012

E-piso-dio 006 · El Castañazo

(06-10-1996) A la pregunta ¿qué deporte practico con frecuencia? La respuesta es ninguno. Finalicé el BUP hace dos años y se acabó para mí, c'est fini, sudar por motivos que no sean del tipo ‘voy a perder el autobús como no me espabile’ o ‘no veré los trailers en el cine si no me doy prisa’, y es que hace aproximadamente 715 días colgué las botas, mejor dicho, las Converse. A todo esto tengo que decir, mejor dicho escribir, que me gusta llegar puntual a los sitios y me molesta bastante la impuntualidad, por eso si se tiene que correr, se corre, pero ya está: no aspiro a ser Olímpico en Sydney 2000 ni a ganarme la vida con ello; lo más parecido a Carl Lewis que he tenido es que una vez abrí las manos mientras corría para ver si así cortaba el viento y llegaba antes... En fin, parecía Forrest Gump.
   Si me pregunto si sirvo para alguna actividad física más allá de lo comentado arriba de correr para no llegar tarde, podría confesar que me sé las reglas del fútbol desde pequeño y también las del basket desde hace menos tiempo, ah, y además conozco las de tenis, que se basan en el Primer Principio de McEnroe: La Bola entró. Si bota fuera es punto para el otro. Con lo cuál podría ser arbitro de estas tres modalidades deportivas: eso sí, con gafas, porque me molestan las lentillas. Como dijo Woody Allen en su Annie Hall "No me aceptaron en el ejército, fui declarado inutilísimo. En caso de guerra sólo podría ser prisionero."
   Todos los veranos, coincidiendo con las Fiestas de Benicàssim en septiembre, para Santo Tomàs, en el apartamento de Alberto* se organiza un partido de baloncesto entre Solteros y Casados, y yo siempre he sido un fijo como invitado en el equipo de los primeros, formando lo que se conoce como el fondo de banquillo, para jugar los minutos de la basura, cuando todo ya está resuelto. Pues hace dos años aquel encuentro, que a priori es un evento festivo donde las madres bajan con pompones y Gin-tonics para animar a sus esposos y las hijas ponen banda sonora mientras hacen fuerza desde la grada para que pierdan sus padres, se descontroló por completo, se nos fue de las manos… mejor dicho: se llegó a las manos. ¡Y es que hay gente, amargada no sé si por su matrimonio o qué, pero que no sabe perder! La pista se convirtió en un ring de lucha libre, más concretamente aquello parecía una Royal Rumble de principio de los 90, con Hulk Hogan, El Último Guerrero, Mr. Perfecto y El Enterrador. Esguinces de grado 3, dientes rotos, ojos morados, camisetas destrozadas, mis gafas voladoras por los aires (que acabaron con un esparadrapo en medio, partidas por la mitad)… Todos vivimos en primera persona la película de Paul Newman El Castañazo. ¡Mareee, qué desastre! El Presidente prohibió más partidos hasta nueva orden. Y este agosto pasado nos reunió a todos, tras un año de abstinencia deportiva, miradas asesinas y silencios incómodos, y nos propuso volver… volver, con la frente marchita las nieves del tiempo platearon mi sien. Sólo que el partido se tuvo que suspender por la lluvia hace dos semanas y quedamos que el primer fin de semana de octubre, si el tiempo acompañaba, lo jugaríamos, mentalizados para no repetir aquel lamentable espectáculo. Y aquí estoy, en el apartamento de Alberto, que se está poniendo sus míticas Kelme Villacampa para bajar a darlo todo vs los Casados. Emilio se ha venido con nosotros a pasar el finde, pero dice que él no juega, aún con resaca de ayer sábado que dimos una vuelta por ahí, y que se unirá muy gustosamente a las animadoras, sean jóvenes o maduras, le da lo mismo que lo mismo le da, lo más importante para él, dice, es participar.
   Guardo este texto y allá vamos: se prevé un duelo con más tensión que un Barça-Madrid de fútbol, pero espero que la sangre no llegue al río, en este caso al mar, al mar Mediterráneo. Yo por si acaso hoy jugaré sin gafas, a lo Magic Johnson, dando pases sin mirar. Como dice el gran Andrés Montes: I love this game

*Alberto y yo nos conocimos en Benicàssim, de pequeños, cuando un buen día saltó a mi antigua villa en busca de un balón que se le había colado en mi patio. Él veraneaba en el apartamento colindante a mi casa de veraneo, enfrente del Torreón. Y, a pesar de los 300 kilómetros de distancia, nos hicimos los mejores amigos del Mundo.

2 comentarios:

  1. jajajajaja me ha gustado mucho este episodio. me he reido mucho!! vaya pandilla! ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Marian x pasarte por el blog de nuevo y x ser tan fiel seguidora de las aventuras de Andrés y sus amigos. Me alegro un montón que te haya gustado tanto ;)

      Eliminar

¿Qué fue del verano del 96?